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viernes, 26 de febrero de 2010

Sueño de ojos rasgados



Mamá, cuéntame el cuento de China!». Carmen, de cinco años, le pide al acostarse a su madre María José que le narre cómo llegó desde Guangdong, al sur de China, a vivir entre naranjos en Palma del Río. Hace tres años que María José y su marido Francisco Javier recorrieron más de 15.000 kilómetros para buscar a su niña. «Tardamos sólo 15 meses en que Carmen estuviera en casa, justo después se bloqueó la adopción China».
El proceso de adopción, en este caso fue fácil. María José explica que tuvieron que hacer un curso de padres adoptivos que les fue muy útil para enfrentarse a esta situación tan delicada. «Hicimos un curso en una ECAI \[entidad colaboradora de adopción internacional\] y allí te abren los ojos sobre qué es adoptar un niño. Esto es un mundo nuevo, nada que ver con una madre biológica. Te entregan un niño con dos añitos y no te trae nada más que lo puesto», comenta.
Pero, sin duda, le ha merecido la pena. «Es lo mejor que he hecho en mi vida. Me he hecho muchos tratamientos, y cada día, cuando veo a mi hija, doy gracias a Dios por no haberme quedado embarazada. Tal es así que estamos esperando otro niño de Filipinas», adelanta esta madre. Ya han tramitado la adopción del que será su segundo hijo adoptivo: «Nos da igual que sea niño o niña. Sí pedimos que fuera de cero a dos años para estar más tiempo con él».
Y añade que la situación de la adopción es tan fuerte emocionalmente cuando te dicen que ya tienes la niña y te dan la foto unos meses antes de poder llevarse a la pequeña que no puedes contener la alegría. De hecho, asegura, que en el viaje de Sevilla, donde les facilitaron la imagen de la niña que iban a adoptar en China, para Palma «no sabemos las veces que paramos el coche para ver la foto. Cuando llegamos, brindamos con champán con la familia».
«En la ECAI, no nos piden nada, lo único que hay que pagar son los viajes. Pero estamos hablando de sentimientos como madre, no de comprarnos un coche», apostilla.
Un día de «nervios»
De hecho, este matrimonio tuvo que pasar en China casi un mes. El momento más emocionante fue a las 2 de la tarde de ese 26 de febrero de 2007. «Tuve unos sentimientos que nunca había tenido, yo creo que eran de emoción, una mezcla, ni alegre, ni triste… Lo que sí estaba era muy nerviosa, con alguna lágrima escapándose», recuerda.
Con esa misma emoción aún, rememora cómo a las 48 horas de tener a la niña les intentaban hacer una foto en familia para una especie de pasaporte, y no había manera. La niña se negaba en banda a soltar a su madre adoptiva y la instantánea la tuvieron que tomar con ella en brazos entre sollozos. «Y así continuamos», apostilla María José, recalcando el apego entre la niña y sus padres.
La pequeña Carmen, que revolotea alrededor de su madre mientras muestra las fotos del viaje al continente asiático, tiene claro que María José es «su mamá especial, que Francisco Javier es su papá especial, y que es su hija del corazón y su hermanito también será hijo del corazón».

miércoles, 2 de diciembre de 2009

«En mi barriga no, en mi corazón»



«Mamá, ¿tú también me llevaste en tu barriga?». «No, yo te llevé en mi corazón». La respuesta no pudo dejar más satisfecho al hijo mayor de María y Juan -nombres ficticios-, padres adoptivos de varios hermanos -el número exacto, la edad y el sexo se mantienen ocultos para preservar su anonimato- que vinieron a colmar su hogar de risas, rabietas, ilusiones, preocupaciones y juguetes. Hace tres años que nació de golpe esta familia numerosa, un embarazo múltiple que apenas duró dos días, desde un viernes en el que recibieron la llamada de Servicios Sociales hasta que el lunes ambos dijeron «sí». «Sí» a asumir la responsabilidad de cuidar y querer para siempre a unos niños que no partían de cero, con edades distintas, diferentes expectativas de adaptación, vagos recuerdos o experiencias imborrables.
Todo el lote en unos vástagos «deseados y muy queridos», dicen sus padres, dispuestos, aún hoy que todavía están en el periodo de acogimiento preadoptivo, a aumentar de nuevo la familia. El mayor lo está deseando, «le encantan los bebés», dice el padre; y el pequeño anda medio 'mosca' por si le arrebatan el trono de la casa, situaciones «normales» en una «familia normal», repiten hasta la saciedad, en la que los niños no vienen de París ni cuela el cuento de la semillita. «Nunca podrán decir de nosotros que les hemos mentido», cuenta la madre y, cuando preguntan, la respuesta es: «Iremos a buscar al bebé como hicimos con vosotros, pero esta vez todos juntos», y será de nuevo un hijo «del corazón».
Cada primavera, esta familia cántabra celebra su aniversario. «Fue un marzo lluvioso», cuentan, cuando los pequeños atravesaron por primera vez el umbral de su nueva casa procedentes de un centro de acogida. Antes de dar este paso hubo un breve encuentro, la 'fase de acoplamiento' le llaman, «les conocimos un par de horas y ya. A los 15 días estaban con nosotros», cuenta Juan. «Antes llamamos a nuestras madres, sus futuras abuelas, y nos dijeron 'si os veis capaces, adelante'. Las familias nos apoyaron muchísimo», añade María. La decisión cambió de forma radical la vida de la pareja: «Vivíamos solos con nuestros perros, los dos trabajábamos sin horario, y recibimos opiniones de todo tipo: que si varios hermanos era una locura, que si la adopción nacional es un error.». «¿Tú que votas? Yo sí», dijo María, «y yo», contestó Juan.
En esos quince días cambiaron la casa para adaptarla a sus nuevos inquilinos, compraron ropa para todos, buscaron colegio. Llega la hora de ir a buscarlos: «El mayor nos agarró de la mano y nos dijo 'vamos'. Vinieron las abuelas, '¿quiénes son?', preguntó, 'tus abuelas', y 'abuelas' las llamó desde el principio. Al momento decidió ser feliz», cuenta María.
No fue todo tan fácil. Otro más pequeño, tal vez el más sensible de los hermanos, tardó un poco más en aceptar a su nueva familia: «Tres semanas exactamente. Necesitaba sentirse seguro, saber dónde estaba», explica su madre, que advierte que a los niños les da igual lo bonita que sea una casa, lo que importa es que sea su casa, que no empieza a serlo hasta que no están sus garabatos y sus cromos favoritos por las paredes. Un buen día llamó a María y a Juan 'papá' y 'mamá' «y hasta hoy».
Y papá y mamá también asumieron sus nuevos roles, una más volcada en el cambio de pañales, otro en otros menesteres, «todo fue evolucionando de manera normal, para uno su mami es la reina de la casa, para otro su papá es Dios». Más tarde uno dijo: «mi mamá es muy lista y mi papá es muy fuerte», y tal vez el mes que viene la diosa sea María y el rey Juan, en un crecimiento progresivo en todas las partes, salpicado de momentos banales y trascendentes: «Es como si hubieran optado por olvidar su pasado, nunca hablan de ello ni hacen preguntas», y también los padres optaron no saber más «para no estar mediatizados».
Creen que es preciso que este tipo de situaciones se desdramaticen, que la sociedad deje de imaginar «historias de Dickens» en el pasado de los niños adoptados. En una ocasión que la familia pasaba cerca del orfanato, uno dijo: «esta calle no me gusta» y otro un día preguntó: «¿te acuerdas cuando era pequeño y tú no estabas?». «Te estaba esperando, hijo». Son respuestas fundamentales, «armas» que los pequeños necesitan para seguir construyendo su biografía, que goza de un prólogo fundamental: «los vínculos entre ellos.
Llama la atención lo unidos que están, al ser varios ha sido mucho más fácil», dicen, y juntos emprenden la aventura de crecer y superarán el trauma de la adolescencia, cuando tal vez en esta casa se escuche un «tú no eres mi madre» en los momentos rebeldes, igual que los hijos biológicos espetan a veces «pues no haberme tenido».
Son cábalas sobre un futuro imposible de imaginar sin sus hijos. Juan y María están convencidos de que muy pronto llegará la adopción definitiva. Critican la lentitud de la Justicia en casos tan importantes pero tampoco viven con el auto del juez en la cabeza. Día a día se valoran los progresos, se resuelven los problemas, se superan otros obstáculos de adaptación ajenos a la familia, que los hay, sobre todo en el colegio -en un sistema educativo que no prepara a los docentes ante estos casos- y entre los que desean saber demasiado.
Odian el «qué suerte han tenido» que alguno dice de sus hijos. «Se fijan en lo material, pero no entienden que ellos nos han dado mucho, muchísimo más a nosotros», dicen sus padres, por cierto, enormemente orgullosos de que éste «cada vez se parece más a su padre» y aquel otro «es igualito a mamá». Cosas de la convivencia, que ensambla las piezas de tal manera que María admite: «A veces me falta poco para pensar que los he parido yo».

lunes, 15 de junio de 2009

«Nuestro encuentro con las niñas estaba predestinado»


M. I. SERRANO MADRID


«¡Ya se me mueve un diente. Qué bien, vendrá el Ratón Pérez!». Sandra, 6 años, está rebosante de alegría. Sofía, 5 años, le mira medio sorprendida y medio celosilla por el acontecimiento. Ella también quiere pero tendrá que esperar un poco.
Sandra y Sofía son hermanas biológicas, de padre y madre. Nacieron en Hungría, en el seno de una familia de escasos recursos económicos. Ahora se muestran vivarachas y divertidas. Muy cariñosas. Muy guapas. Con unos ojos que se les salen de la cara y que miran con verdad, con la tranquilidad y la seguridad que a todo niño le proporciona un hogar estable y unos padres que las quieren con locura. Esos padres son Enrique y Lali y les hemos visto, a los cuatro, en la fotografía de la página anterior.
«Desde el primer momento que las vimos nos quedamos prendados de las niñas. Creo que ellas también de nosotros. Fue tan bonito, tan mágico... Hay quien nos dice que nuestro encuentro estaba predestinado», comenta Enrique mientras trata, desesperadamente, de colocar a Sofía la escurridiza cinta del pelo.
«¡Claro que intentamos tener hijos propios! Pruebas, inseminación, fertilización y no sé cuántas cosas más. No pudo ser. Y nos dijimos que había otro camino, la adopción internacional. Ahí nos metimos», comenta Lali.
Lo suyo, dicen los padres, ha sido un proceso rápido, limpio y sin abusos económicos. Sólo los gastos de gestión legales. Hoy dan las gracias a Hungría, a sus gentes, a sus autoridades sociales, a la familia de acogida que tuvo a sus niñas hasta que llegaron ellos. «Estaban sanísimas y muy cuidadas. ¡Menuda pena pasaron cuando nos las dieron!», exclama Enrique.
También elogian a la parte española. A la Consejería de Familia y Asuntos Sociales; a la ECAI «Mimo», su agencia mediadora y «puente» para llegar hasta Sandra y Sofía. A los que les entrevistaron, a quienes les animaron y a quienes les dieron la idoneidad.

«Nosotros queríamos más de un hijo adoptivo. Por lo menos, la parejita. Hungría es uno de los pocos países que admiten esta posibilidad», dice Lali. «¡Fíjate cómo nos lo tomamos que Enrique estudió húngaro dos o tres meses antes de irnos para allá», añade Lali que, por cierto, ha dejado su trabajo fuera de casa para dedicarse, por entero y de forma voluntaria, a su familia.
Enrique, Lali, Sandra y Sofía forman ya un cuarteto perfecto. Se les ve exultantes. Y no es cursilería ni exageración. «Recomendamos la adopción internacional. Sin duda. Pero cuando no haya otra alternativa porque hay mucha lista de espera», dice el padre. Por descontado, las niñas saben algo de su procedencia. Lo justo que ahora mismo alcanzan a entender con sus edades. Tanto es así, que sus padres tienen el propósito de llevarlas a Hungría. Allí están sus orígenes; aquí, su felicidad y su futuro.


http://www.abc.es/20090607/madrid-madrid/nuestro-encuentro-ninas-estaba-20090607.html

jueves, 19 de marzo de 2009

LA ADOPCION EN LA ESCUELA




TESTIMONIO


J. M. Arjona (Girona) *
Soy maestro de párvulos (niños y niñas) y quiero explicar una anécdota que me sucedió a principio de curso. Entre mis alumnos hay una niña que es adoptiva y un día, trabajando un tema de animales, los niños empezaron a decir que las crías crecían dentro de las barrigas de sus mamás, como nosotros.
Entonces esta alumna intervino diciendo que ella no había estado en la barriga de mamá. Mi primera reacción fue querer corregir ese "error", pero de manera intuitiva dejé que esa niña continuara explicándose. Y valió la pena. Así fue como contó, a toda la clase, que ella había estado en la barriga de otra señora que no la pudo cuidar, que la dejó en la calle y que la policía la recogió y la llevó a un "Hogar" con otros niños que no tenían papás. Que más tarde su papá y mamá la fueron a buscar a aquel "Hogar" que estaba en Colombia, el país donde ella nació, que tuvieron que tomar muchos aviones para ir por ella...
Todos los niños se quedaron boquiabiertos y a mí me dio una valiosa lección. De una forma tan sencilla como profunda había tratado un tema que yo no sabía como tratar, cómo afrontar dentro del aula. Su explicación, clara y sencilla, consiguió acabar con la angustia, el desasosiego y la inseguridad que me producía personalmente ese tema tan "delicado". Cuando ella acabó sus explicaciones, los niños preguntaron si todo aquello que había dicho era verdad o era un cuento. Entonces yo, guiado por la naturalidad del discurso de mi alumna, intervine para decir que era verdad, que su historia era una historia muy bonita, que todos habían tenido una gran suerte, tanto ella como sus papás, y que por eso parecía un cuento.
Enseguida todos sintieron la necesidad de explicar también alguna historia interesante de sus biografías... Esta anécdota me ha servido para constatar lo importante que es el dejar a los niños explicarse a su manera. Si yo hubiera interrumpido el discurso de mi alumna, para "corregir como maestro su error", ni ella hubiera podido compartir espontáneamente su historia con nosotros, ni nosotros hubiéramos podido aprender tanto de su historia distinta y singular.
Por otra parte, creo que los maestros tenemos una desinformación absoluta respecto a este tema en concreto y de ahí nuestra angustia e inseguridad a la hora de abordarlo.
En mi caso fue la intuición de callar y el enfoque positivo y correcto con que los padres de mi alumna habían abordado el tema en su casa, lo que permitió que su tratamiento en clase surgiera de una manera tan natural y positiva.
Pero creo que sería muy necesario que todos los maestros con hijos adoptivos en el aula tuviéramos una charla con los padres para saber cómo enfocan el tema en casa y cómo debemos enfocarlo nosotros en la escuela.
Y esto mismo deberíamos hacer con todos esos alumnos que no viven en una familia estándar, porque la diversidad familiar es un hecho cada vez menos minoritario y se hace ya imprescindible que atendamos y respetemos desde la escuela esta diversidad.
*(Testimonio extraído de la revista ADDIA - Barcelona -).


AFAM conocedora de todas las necesidades que los padres adoptivos tenemos en este tema, esta preparando para el proximo 27 de marzo, viernes a las 6 de la tarde en el Centro Cultural de Churriana de la Vega una Charla interesantisima que se titula:

"LA ESCOLARIZACION EN LOS NIÑOS ADOPTADOS"

muy pronto os daremos todos los detalles de esta charla.

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